A veces, al recorrer las redes sociales, uno tropieza con palabras que son como piedras en el camino. Estas ultimas semanas, al leer comentarios sobre la «Flotilla de la libertad» y su interceptación por parte de las autoridades israelíes, me encontré con ese eco de dureza y crueldad sin filtros que a veces aflora cuando olvidamos lo esencial: la humanidad del otro.
En el paisaje digital de las opiniones, las redes se vuelven en ocasiones campos de batalla. Personas comentando que «ellos se lo habían buscado» o que «se les terminaron las vacaciones»…
Mientras leía me vino a la mente algo que el campo nos enseña cada día: la tierra no discrimina la semilla. La lluvia cae sobre todos, el sol calienta por igual y el respeto por la vida no debería depender de las banderas que ondeamos.
Imagina un huerto al amanecer. Cada planta crece en su surco, pero todas comparten el mismo suelo. No elegimos que lluvia merece caer ni que planta merece sol. El campo nos enseña que la empatía es como esa agua: debe llegar a todos por igual, sin preguntar que semilla regará.
En este mundo ideologizado y enfrentado, a veces olvidamos que al otro lado hay seres humanos con sus historias y sus dolores. Quienes escriben con tanta frialdad suelen olvidar que detráss de esos nombres hay personas con familias, con madres que sufren, con hijos que esperan. Y pienso: ¿qué pasaría si fuese su hermano el que no vuelve, si fuera su hijo el que sufre? De pronto, el muro de las ideologías que algunas personas construyen se tambalearía, porque el dolor si se reconoce cuando toca de cerca.
Esta es la paradoja de nuestro tiempo: nos resulta fácil deshumanizar, cuando hablamos de «ellos», pero nadie querría que esa misma dureza se aplicara a los suyos.
El campo, una vez más, nos da una lección de humildad: cada semilla es única y diferente y sin embargo todas son dignas de cuidado. Quizás deberíamos aprender a mirar a las personas con la misma paciencia y respeto, entendiendo que incluso quienes piensan distinto merecen la compasión básica que nos une como especie.
Porque, al fin y al cabo, ¿Qué es una comunidad si no el entramado invisible de cuidados que la sostiene? En las aldeas aun no se ha perdido del todo la costumbre de que si un vecino enferma, el resto acuda; o si alguien pierde la cosecha, otro comparte. La tierra nos recuerda que nadie sobrevive solo. Y sin embargo, en las redes olvidamos esa verdad sencilla y ancestral: que todo gesto de crueldad o mera indiferencia erosiona el suelo común que nos sostiene, mientras que cada acto de empatía lo enriquece como la lluvia que hidrata la semilla.
Marco Aurelio lo expresó con claridad hace dos mil años: «Lo que no es bueno para la colmena no es bueno para lo abeja» Esta metáfora resume perfectamente lo que quiero expresar. Ninguna vida florece aislada, porque el destino de cada uno está unido al de todos, aunque no queramos verlo. Si la colmena enferma, también la abeja sufre. Si el suelo se agrieta, ninguna raíz se salvará. Tal vez el mayor desafío de nuestro tiempo sea recordar esta verdad antigua: cuidar del bien común es la única manera de asegurar el bien propio.
La sociedad mas interconectada se ha vuelto, paradójicamente, la de personas con menos conexión real. Y eso es peligroso: por mucho que pienses que algo no va contigo, o que está muy lejos o que le pasa a otro tipo de personas… la vida terminará mostrándote que no es así. Tarde o temprano, comprenderás que lo que afecta al otro termina por alcanzarte a ti también.
Si empezamos a ser más conscientes de esto, podremos construir un futuro mejor para todos. O, al menos, un futuro que todavía merezca ser compartido.
