El otoño brotó temprano este año. No en el calendario, sino en la piel de la tierra.
Los caminos están cubiertos de hojas que no esperaban caer tan pronto, como si el bosque hubiera perdido la paciencia.
Camino entre los castaños y pienso en otras tierras, muy lejos de aquí, donde no caen hojas sino cuerpos, donde no hay estaciones, sino bombardeos.
Vivir en el campo me ha enseñado algo que nunca aprendí en los libros: que la vida es terca. Que incluso en un bancal abandonado brotan hierbas, que hasta entre las grietas del asfalto brota una raíz.
Pero también me ha enseñado que hay daños que no se reparan. Un árbol cortado puede rebrotar, pero un bosque incendiado día tras día deja de ser bosque.
Y eso me viene a la cabeza cuando miro las noticias, cuando leo las cifras frías que hablan de niños, cuando veo a un pueblo reducido a cenizas mientras el mundo cambia de canal.
Lo llaman guerra.
Lo presentan con gráficos, tertulias, cronómetros. Pero lo que ocurre en Palestina no es guerra: es exterminio.
No es un conflicto: es un arrasamiento sistemático de la vida civil.
No son daños colaterales: son familias, escuelas, hospitales…
Y lo más atroz no son solo las bombas, es el silencio de quienes podrían frenarlas.
Escribo esto desde una aldea donde apenas suena el tráfico. Donde las campanas marcan la hora y las gallinas me recuerdan que la vida sigue su curso.
Podría escribir sólo de huertos, de recetas, de tradiciones. Sería más cómodo, más amable, más monetizable…Pero ¿Para que sirve un blog sino para decir lo que nadie quiere oir? ¿Para que sirve cultivar si no es para alimentar también la conciencia?
Hay palabras que incomodan como piedras en el zapato. Hay verdades que huelen mal porque llevan demasiado tiempo pudriéndose sin luz. Hay luchas que no salen en las portadas y hay un país entero convertido en una prisión a cielo abierto mientras el mundo aplaude festivales de «paz».
Esto también es parte el campo. Mirar de frente la podredumbre para poder compostarla. Nombrar el estiercol para que pueda ser abono.

Cuando trabajo la tierra, sé que no todas las semillas brotan. Algunas se las llevan los pájaros. Otras mueren sin germinar. Pero no por eso dejo de sembrar. Sembrar es también un acto de fe. Es decirle a la vida: «Aquí tienes un lugar, aunque no sea tu tiempo».
Por eso escribo esto hoy. Porque callarse es como dejar el bancal vacío y luego quejarse de que no hay cosecha.
La imágenes que llegan de Gaza y de Cisjordania, y de tantos otros lugares que ni siquiera recordamos nombrar, son de tierra arrasada. Olivos centenarios arrancados, pozos destruídos, niños enterrados con su abecedario sin estrenar.Y mientras tanto, en nuestras ciudades, seguimos discutiendo de consumo responsable, de reciclaje, de misfulness. Nos gusta la ecología sin conflicto, la justicia sin sangre, la solidaridad sin coste. Nos gusta sembrar sin mancharnos las manos.
Pero la campo no funciona así y la vida tampoco. Para que brote algo verdadero hay que remover la tierra, hay que incomodar gusanos, hay que aceptar que no hay cosecha sin barro.
Hoy no traigo recetas ni consejos para la huerta, hoy traigo una semilla distinta: la del malestar, la del coraje, la de la palabra que se niega a ser decorativa.
No se si este texto florecerá, no se si perderé lectores, clics. No se si alguien me acusará de «mezclar política con plantas». Lo que si se es que callar es peor. Callar es complicidad. Callar es convertir mi propio blog en otra parcela estéril del sistema.
Una anciana de la aldea me dijo un día: «No mires solo las flores, mira también el estiércol, porque sin el no hay flores». Hoy contar la verdad sobre Palestina es como ese estiércol. Es ese olor incómodo que muchos prefieren no oler. Pero también es semilla. Porque en tierra arrasada hay vida que resiste. Y mientras haya vida, hay posibilidad de brotar.
Así que aquí queda sembrada esta entrada, en tu pantalla, en tú oído si lo escuchas en audio. No es neutral, no es amable, no es márketing. Es un gesto mínimo en medio del ruído. Una semilla para quien quiera cogerla.
Brotar en tierra arrasada no es un milagro, es un acto de rebeldía. Y cada uno decide si es tierra que acoge o muro que bloquea.
Yo, desde este rincón del campo, he elegido ser tierra. Por eso escribo. Para que, aunque nadie quiera ver, algo siga creciendo.
Por eso, aquí seguimos, sembrando en el silencio. En esta tierra mía, fértil y libre, brotan habas y pensamientos, tomates y palabras. Pero allá, bajo los escombros, hay semillas que no podrán germinar. Las sepultan la indiferencia. Nos dicen que no miremos, que no entendemos, que no es nuestra lucha. Pero yo miro. Y escribo. Porque quien calla ante la injusticia, riega la raíz del horror. Porque hay que nombrar lo innombrable. Porque una voz sola no cambia el mundo, pero puede desgarrar el velo del la costumbre. Porque hay que brotar también en tierra arrasada, aunque sea con rabia, aunque sea con llanto.
Que no nos domestiquen la conciencia. Que no nos roben también el alma.

Me encantó el escrito …
Espero leer muchos más con esa misma pasión en todas las letras …
Ojalá y lleguen a todo el planeta
Muchas gracias! si llegan a personas como tu que valoran escribir con el corazón el trabajo ya merece la pena
Eres un amor ❤️