Hay semillas que se entierran para dar fruto, y otras que se siembran con la esperanza de que algún día, quizás, lo den…
Pat
Esta entrada es una de esas.
La escribí para quienes todavía sientan que hay algo que no encaja, aunque no sepan explicarlo. No es una solución, es una mirada distinta con ansias de ser respuesta.
A veces, el silencio no es ausencia de ruido. Es elección. Una que repetimos sin saber muy bien por qué. Es más fácil seguir el paso del rebaño, no salirse del camino, no mirar hacia los márgenes. No detenerse ante lo que duele o lo que inquieta.
Se nos enseña a no hacer olas, a no complicarnos, a no levantar la voz si la sala está en calma.
Pero, ¿y si esa calma es solo superficie? ¿y si bajo ella hay verdades enterradas?
Como semillas.
Las hay pequeñas, invisibles, latentes. Las hay enormes, rugiendo bajo la tierra. Algunas son memorias silenciosas. Otras, gritos que no se escucharon a tiempo.
Están ahí, entre las grietas del discurso oficial, entre los titulares que nadie publica, entre las palabras que no se pronuncian por miedo, por cansancio o por costumbre. A veces las rozamos con la punta del alma. Sabemos que están, pero decidimos apartar la mirada. Porque verlas nos obligaría a actuar, a posicionarnos, a decir: «esto no está bien».
Y eso, en un mundo que premia la apariencia, la neutralidad disfrazada de educación, el silencio decorado de prudencia, no siempre se tolera. En más fácil hablar de cosas bonitas, de bienestar, de cuidado, de proyectos personales. Pero el cuidado también es colectivo. Y hay heridas que no sanarán si nadie las nombra.
Hay gritos mudos esperando voz. Hay luchas que no son tendencia, pero no son necesarias.
Yo no escribo desde desde una cátedra ni desde un púlpito, escribo desde el barro, desde la contradicción, desde la tierra mojada que mancha los zapatos y me recuerda que vivir también es embarrarse.
No quiero hablar solo de lo que florece, también de lo que se niega a germinar porque no se le da espacio, ni luz, ni tiempo.
Esa semilla que nadie quiere ver… tal vez es la más fértil. Pero germinaría diferente. No para adornar, sino para incomodar, para cuestionar, para mover lo que parecía estable. Y eso… asusta.
No estamos educados para el disenso, ni para la desobediencia honesta, ni para el compromiso que incomoda al que prefiere no mirar.
Pero si nadie alza la oz, si nadie pone el cuerpo, si nadie riega lo que no es bienvenido…entonces lo que crece será siempre lo mismo. Una sociedad bien peinada pero llena de silencios.
Yo no quiero ser cómplice del olvido, ni del miedo que paraliza. Por eso escribo. Porque escribir es plantar, es germinar semillas. Y plantar es decidir que otro mundo podría brotar, si tan solo sembráramos las semillas adecuadas.
Tal vez no lo vea florecer. Tal vez lo que escribo hoy pase desapercibido, pero se que cada palabra que nombra lo que duele, cada gesto que rompe el silencio, es una grieta en el muro del conformismo.
Y por esa grieta, un día, entrará la luz.
– Pat –
